Marina Hurtado
Ozuna
Renacer… de la mano de Dios
Un viaje de transformación después del abismo
Pedí descanso… sin imaginar que la muerte me estaba escuchando. Pero la vida me detuvo… para enseñarme a vivir.
Lo que comenzó como una experiencia cercana a la muerte se transformó en un encuentro profundo con Dios. Este libro nace en el instante en que todo se detuvo: cuando el cuerpo calla y el silencio obliga a mirar hacia dentro; cuando la vida revela lo que antes no podíamos ver.
© 2021
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Marina Hurtado Ozuna
Marina Hurtado Ozuna es maestra jubilada de educación primaria, una vocación a la que dedicó más de treinta años de su vida y que le permitió acompañar de cerca el crecimiento de miles de niños y las complejas historias de las madres detrás de cada uno de ellos.
Su vida ha estado marcada por el abandono, el amor y el profundo desafío de ser madre soltera, vivencias que transformaron de raíz su forma de ver la vida. Sin embargo, fue tras una experiencia cercana a la muerte cuando experimentó un auténtico renacer espiritual que redefinió por completo su propósito vital y su voz creativa.
Es autora y amante de la poesía, en la que encuentra una forma profunda de expresar el alma. Escribe para dar voz al dolor que muchas mujeres callan y para acompañarlas a reencontrarse consigo mismas.
Su enfoque une mente, espiritualidad y vivencias reales, desde lo humano y sin perfección. Hoy, su misión es tocar corazones y recordar que el amor también puede comenzar dentro de una misma.
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Renacer… de la mano de Dios
Pedí descanso… sin imaginar que la muerte me estaba escuchando. Pero la vida me detuvo… para enseñarme a vivir.
Lo que comenzó como una experiencia cercana a la muerte se transformó en un encuentro profundo con Dios. Este libro nace en el instante en que todo se detuvo: cuando el cuerpo calla y el silencio obliga a mirar hacia dentro; cuando la vida revela lo que antes no podíamos ver.
Renacer… de la mano de Dios no es solo una historia de supervivencia; es un testimonio de transformación. Un recordatorio claro y contundente: incluso en los momentos más oscuros… donde hay luz, florecen los milagros.
A través de estas páginas, Marina Hurtado Ozuna te acompaña en ese fascinante viaje de regreso a ti.
Renacer… de la mano de Dios
Capítulo 1
PRÓLOGO
La vida siempre nos sorprende con pruebas que parecen imposibles de superar. Algunas llegan de manera inesperada, en un instante en el que todo parece transcurrir con normalidad. Eso le sucedió a MARINA HURTADO OZUNA, autora de este libro, RENACER... DE LA MANO DE DIOS, a quien agradezco por haberme invitado a escribir este prólogo y de quien me siento muy orgulloso, porque, después de un proceso tan difícil, logró salir adelante y hoy utiliza su experiencia para ayudar a otras personas a través de este magnífico libro.
Marina ingresó a un hospital para una operación de rutina, sin imaginar que en aquel quirófano viviría la batalla más intensa de su existencia: la lucha entre la vida y la muerte.
Mientras su hija Karina y su pareja Jesús aguardaban confiados, los médicos enfrentaban una situación crítica. El destino parecía detenerse en una delgada línea, y fue entonces cuando la fe, el amor y la esperanza se unieron en un mismo clamor.
Los doctores hicieron lo imposible y, contra todo pronóstico, Marina regresó. Su vida, desde ese instante, se convirtió en un verdadero milagro.
RENACER... DE LA MANO DE DIOS no es solo el relato de una experiencia médica, sino un testimonio profundo de gratitud a Dios y a la vida. Al salir de aquel trance, Marina cumplió con el juramento de agradecer en la iglesia de Los Ángeles, cuya luz la había acompañado en las madrugadas más obscuras.
Agradeció también a su familia, a sus amistades y, especialmente, a los médicos y enfermeras que la cuidaron. Además, guardó en su corazón la presencia de una en especial, llamada Lolita, quien siempre estuvo presente en los momentos más difíciles, dándole apoyo y consuelo, tomándola de la mano, pero nunca la volvió a encontrar. Fue entonces cuando comprendió que quizá había recibido la visita de un ángel en forma humana.
La historia no termina en el hospital. El renacer de Marina también la llevó a enfrentar pruebas en su vida personal: el dolor de la separación de su pareja, las lágrimas compartidas con su hija y la certeza de que, en medio de toda tormenta, siempre hay una mano divina que sostiene y da fuerza.
RENACER... DE LA MANO DE DIOS es, ante todo, un homenaje a la fe, al amor y a la resiliencia. Es la voz de quien estuvo al borde de partir y fue llamada de nuevo a la vida para compartir su experiencia, recordándonos que cada día es un regalo y que nunca estamos solos; Dios siempre camina a nuestro lado, aun en los momentos más obscuros.
¡Te invito, querido lector, a que leas y reflexiones sobre esta gran historia de vida!
Dr. César Lozano
Conferencista internacional,
escritor y conductor de radio y televisión.
Capítulo 2
PREFACIO
De su puño y letra, esta gentil señorita se presenta:
«Maribel Guardia o Ninel Conde», alguno de esos debió ser mi nombre. Obviamente, son ideas de mamá, quien insiste en que esa es la figura que el espejo me dibuja, tal como lo hizo con ella en sus años mozos. Ella congeló en su mente la imagen de aquellas antiguas fotografías de mi no muy lejana juventud, cuando las curvas delineaban a la perfección mis piernas y cintura, haciendo más evidente mi vientre plano. Pero el cuerpo cambia, y más la mirada, que se empeña en ver espinas donde un día hubo rosas; que si bien ya comenzaron a marchitarse, el jardín aún conserva su encanto, aunque ya no sea primavera.
Mi infancia, cuyos años han quedado un poquito más atrás, fue plena y feliz. Fui educada con la mano amorosamente dura de la reina del hogar: que si la cama está bien tendida; la ropa en su lugar; la tarea terminada; que ya es hora de dormir porque hay que levantarse temprano. Hasta cuidar el vocabulario formaba parte de la estricta disciplina. Un verdadero maratón de responsabilidades; por supuesto, nada inadecuado para mi edad, dado que mi madre siempre ha sido una mujer muy justa.
Y qué decir de aquellos días en que regresaba de la escuela y, en cuanto abría la puerta, mis zapatos salían disparados en direcciones opuestas, como si tuvieran vida propia. Más tardaban en llegar a su destino incierto que mi madre en tomarme muy suavecito de las orejas y obligarme a colocarlos en su lugar, mientras mis hermanos estallaban en sonoras carcajadas. Esa costumbre de andar descalza era un completo placer, porque al final del día mis pies siempre estaban libres y felices, y la risa del resto de la familia hacía que todo valiera la pena. ¿Y qué tal la chancla voladora? Era divertida, claro, ¡porque a mí esa nunca me tocó! En cambio, el inquieto de mi hermano bien sabe de lo que hablo. Ahora, gracias a esos y otros «métodos infalibles» de mi madre, todos sus hijos somos personas de bien.
Crecí entre un montón de gallinas, una vaca y dos marranos, que nunca faltaron en el corral. Aunque no generaban ingresos económicos, siempre había un almuerzo seguro: huevos, leche fresca y manteca para todo el año. Siendo hija de un agricultor y de una excelente ama de casa, las tortillas recién hechas y los frijolitos siempre estuvieron en la mesa. Cuando llegaban visitas de la ciudad, siempre decían que éramos unos niños ricos y afortunados; pero eso no era suficiente para papá, que día a día impulsaba nuestras alas en busca de algo mejor.
Y ahora aquí estoy, envuelta en libros y poemas, con el corazón dividido entre la calma del campo, donde el hogar materno me abraza con ternura, y el bullicio de la ciudad, testigo de mis más grandes logros profesionales.
Físicamente, no sé cuál sea mi mayor cualidad: si el cabello negro azabache, que roza la cintura entre sedosas ondas, con algunos hilillos de plata que el tiempo se empeña en exhibir; tal vez mi sonrisa «Colgate», capaz de proyectar luz propia incluso en la oscuridad; o quizá mi singular estilo de caminar. Aunque pertenezco a la generación X y haya nacido a la par de la era digital, creo que la vida ha sido generosa conmigo. Aún les falta mucho a las patitas de pollo para alcanzar las medidas de un gallo: esas pequeñas líneas de expresión que en mis ojos empiezan a asomarse, sin que por ello mi edad quede al descubierto. Aún puedo lucir un vestido coqueto o una falda cortita; de acuerdo, dice la sociedad que eso no es apto para mi edad… ¡Qué va, si el espejo no me juzga! Es verdad que los tacones ya me castigan y, al ponerme de pie, los primeros pasos van despacio; sin embargo, puedo mantenerme activa varias horas al día, aunque por la noche el cansancio cobre factura. Sí, lo sé, no soy una jovencita; pero, a cara lavada, como es mi costumbre, sigo siendo hermosa, a diferencia de algunas mujeres que esconden su belleza detrás del maquillaje.
Más allá de la piel de bronce, el color de mi cabello y la complexión delgada, heredé de mi padre la forma de sonreír, así como la mirada con un dejo de melancolía. Murmura la gente que soy su vivo retrato, y no solo por fuera, pues llevo conmigo su nobleza, además del gusto por la lectura y el buen humor. Un día sin bromas ni risas es un día perdido… «Tan bonita que es la vida», frase que utiliza ante cualquier situación. Dice la familia que todo se me olvida y, entre sarcasmos o regaños, suelen compararme con él. No imaginan que eso es el halago más grande que puedo recibir. De él aprendí a no rendirme jamás, a ser feliz y también que, ante la más mínima falta de respeto, donde sea y ante quien sea, corro el riesgo de perder el rango de hija consentida; aunque sospecho que a todas nos han hecho sentir así. De lo que estoy completamente segura es de que, si tomamos en cuenta que «la estatura no se mide de los pies a la cabeza, sino de la cabeza al cielo», entonces soy grande, como grande es mi corazón.
Entre recuerdos que se desvanecen y otros que marcan para siempre, guardo uno aquí, en mi pecho. Sí, una peculiar cicatriz en la garganta me recuerda mis batallas más recientes; lo que me ha llevado a apreciar cada momento, valorar mi entorno y entender que la vida es como una moneda: tiene dos caras. Tú decides con cuál te enfrentas al mundo. Yo elegí aprovechar esta segunda oportunidad que el Señor, en su infinita misericordia, me brindó; por eso no quiero irme sin dejar huella. Tampoco me voy a dormir sin darle gracias por todo lo recibido, y no salgo de mi habitación sin haber tendido la cama.
Ya le metí la quinta velocidad a mi vida, no en aceleración, sino en aprendizaje… perdón, modestia aparte.
No fue la cirugía en sí lo que cambió mi destino… ¡O quién sabe! Si la profecía médica se hubiese cumplido, no estaría aquí para contarlo. Quizás solo fue la gota que colmó el vaso. Después vino la lluvia, luego el aguacero y, finalmente, la tormenta. Y aquí está, hecha historia; nacida de una necesidad personal, de la urgencia de plasmar en palabras mi recorrido. No pretendo imponer ni prometer transformaciones, pero sí compartirlo con el ferviente deseo de que se convierta en un mensaje de esperanza y fortaleza. Es también una invitación a valorar el tiempo, a buscar experiencias significativas y conexiones profundas, recordando que el modo de vida puede repercutir en el momento final de la existencia.
Escribir no es solamente dejar ir los dedos sobre el teclado de un ordenador mientras las palabras toman forma en la pantalla. Es recordar y volver a vivir en medio de un sinfín de sentimientos desordenados; es viajar del pasado hacia el futuro para permitir que las memorias lleguen al presente, acompañadas de un suspiro, una sonrisa o una lágrima. Es también un acto de transmitir emociones y pensamientos a través de las palabras, con la ilusión de que toquen el corazón de otros, los inspiren, los hagan reflexionar y, en última instancia, les ayuden a crecer y a encontrar significado en su existir… tal como lo he hecho yo.
Tomé la pluma porque mi voz lo necesitaba. Cada frase que escribí fue bálsamo en medio de mis heridas y luz en mis noches oscuras. A través de la escritura encontré alivio y comprendí que Dios siempre había estado conmigo, para sostenerme, guiarme y llevarme de su mano hacia un renacer.
Escribir también implica acariciar el dolor… exponer el alma y, en las siguientes páginas, dejo un pedacito de la mía.
Capítulo 3
CAPÍTULO I AMNESIA
Al abrir los ojos y hallarme sumida en el silencio, la soledad y la más profunda oscuridad, un pánico atroz me asaltó, acompañado de una punzante sensación de completo abandono. Parecía que la tierra había dejado de girar, mientras mi pecho ardía como si mil dragones enfurecidos exhalaran fuego dentro de mí; me oprimían con brutalidad e impedían que el aire recorriera mi cuerpo, rígido y preso en una absoluta inmovilidad. Cada inhalación era un acto heroico, como si los pulmones y mi cabeza estuvieran aprisionados por garras invisibles; de este modo, cada respiro se convertía en una pequeña victoria en esa interminable lucha por mantenerme viva.
Lo más aterrador no era el mal físico, sino esa conciencia lúcida de estar atrapada en mí misma, prisionera en el vacío, como si alguien hubiera desconectado los puentes entre mi mente y el resto del cuerpo. Intenté enfocar la vista, aferrarme a algo: un rostro, una figura, una luz, cualquier señal de vida; mas todo era confuso, lejano, como quien mira al mundo detrás de un cristal empañado. Sabía que algo grave estaba sucediendo, pero ¿qué podía hacer? ¿Llorar? ¿Implorar?… Flotando en el encierro más absoluto, despierta… o tal vez dormida… entre la nada, quise gritar, exigir una explicación sin saber a quién. No pude: la voz se quedó encallada mucho antes de llegar a los labios; ni siquiera un leve gemido pudo escapar. La desesperación crecía. ¿Cómo pedir clemencia si las palabras estaban mudas? Sin duda, mis manos podrían ayudarme a arrancar esa bola de fuego instalada en mi garganta, cuyo ardor me hacía caminar a paso lento, rumbo al abismo… pero, ante la fuerza que un objeto extraño ejercía sobre ellas, tampoco atendieron mi llamado.
Los recuerdos se habían borrado y dejaron un hueco abrumador en mi mente; solo tenía la certeza de ese incendio interno que parecía consumirlo todo, mientras por fuera reinaba un silencio insoportable. Si el miedo no acababa conmigo, el dolor, inevitablemente, lo haría.
Luego del silencioso llanto vino la frustración… y los primeros pensamientos: «¡Dios mío!, ¿por qué duele tanto?, ¿qué me pasó?, ¿dónde está mi familia?, ¿qué hecho me trajo hasta este lugar tan feo?». Si bien es cierto que no podía verlo, así lo percibían mis sentidos adormecidos. Tenía la seguridad de estar en el centro de uno de esos «cuartuchos» donde se arrojan las cosas viejas e inservibles, a un paso del infierno, donde a nadie le importaba. En medio de esa pesadilla, solo le suplicaba al Creador que me despertara y me volviera a casa antes de que llegara mi final. El ambiente se tornaba más pesado con cada latido de mi roto corazón; en cada suspiro sentía que la vida se me iba, como si la muerte misma se paseara por ese lugar para medir el tiempo y esperar el momento exacto para tomarme. Ese desasosiego seguía avanzando como una sombra implacable en la oscuridad y el silencio de aquel espacio solitario. Tras un lapso indeterminado, entre un tenue destello de luz interior, creí, sin estar segura, que me encontraba en una cama de hospital mientras mi mente comenzaba a transitar con lentitud por una realidad confusa.
Entonces… en un instante fugaz, como una escena en cámara rápida, cierto recuerdo me arrastró a mi pasado más inmediato: poco antes de sumergirme en aquel sueño profundo, alguien vestido de blanco afirmó que pronto estaría bien; «sobre ruedas», dijo con firmeza. Me explicó que la anestesia me haría perder por completo la conciencia para dar paso a la cirugía y me aseguró que me encontraba en las manos correctas, al tiempo que señalaba con la mirada a la cirujana. Me tranquilizó con la promesa de que, a la mayor brevedad, estaría descansando plácidamente en mi cama, libre de preocupaciones, y que en pocos días podría retomar mis actividades normales. ¡Falsas esperanzas! Algo salió terriblemente mal y, ante esa primera escena, anuncié mi propia muerte sin imaginar que solo estaba puliendo las alas para levantar el vuelo por encima de las montañas… un proceso que dolería más allá de mis fuerzas.
El tambor que resonaba con insistencia en mi interior rompió el silencio. No era un latido normal: era un golpe seco, constante, como si algo dentro de mí tocara una alarma sin descanso. Desde la cabeza hasta los pies, una tortura latente me recorría, acompañada de punzadas agudas alrededor del cuello, como agujas al rojo vivo clavadas en la piel. Fue entonces cuando supe, sin lugar a dudas, que me encontraba en esa delgada línea en la que la vida termina. Ya no era un presentimiento, sino una certeza. Me sentía presa en un remolino de incertidumbre y desazón, con muchas preguntas cuyas respuestas estaban tan perdidas como yo.
No sé de qué manera la desesperación abandonó una parte de mi cuerpo, como si una presencia extraña hubiera inyectado algo en mi pecho; esto calmó momentáneamente el tormento físico tan intenso, mas no el dolor del cuello ni la angustia del alma. Ante esto, y tratando de salir de la ofuscación, mi cerebro se aferró a cualquier pensamiento coherente que pudiera encontrar. Buscaba un ancla, un nombre, una pista; sin embargo, ante las innumerables escenas difusas con las que luchaba, decidió desconectarse una vez más. Ignoro cuántas horas pasaron antes de regresar a la realidad y retomar el intento de reconstruir los hechos.
Y en ese afán, mi memoria cedió un poco y retrocedió en el tiempo, hasta aquel instante en que todo comenzó con esa molestia tan leve que casi pasaba desapercibida… una simple irritación en el estómago. Pronto, aquella incomodidad creció sin detenerse, como una bola de nieve que rodaba por una pendiente cada vez más empinada.
Lo que al principio parecía un malestar pasajero rápidamente se transformó en un huracán interno de inflamación que arrastró consigo otros síntomas que alteraron mis rutinas de sueño y trastocaron mis hábitos alimenticios. Esas pequeñas alertas que fui dejando «para mañana» comenzaron a acumularse, silenciosas e insistentes. Creo que mi cuerpo, cansado de no recibir la atención que merecía, decidió alzar la voz de la única forma que sabía: desbordándose. Entonces, la acidez estomacal se volvió insoportable, lo que me obligó a salir de casa a toda prisa hacia el hospital, acompañada de Jesús, mi compañero de vida. Tras una larga espera en el área de urgencias, donde el aire pesaba tanto como la incertidumbre; finalmente, fui atendida por un doctor muy amable. Después de explicarle los motivos que me llevaron hasta allí y responder una serie de preguntas, ordenó un estudio sanguíneo para detectar o descartar cualquier complicación. En el intervalo en que esperaba los resultados, la misma enfermera que, con mano segura, me había extraído la sangre, colocó un torniquete de goma en la parte superior de mi brazo derecho y me explicó que eso haría que los vasos del antebrazo se llenaran para facilitar el acceso. Siempre creí que ese procedimiento era para reducir las molestias que provocan los pinchazos; hoy sé que su función es encontrar una vía rápida y directa. Con destreza buscó alrededor de mi muñeca el conducto sanguíneo más grande y, con un trozo de algodón empapado en alcohol, acarició con mucho cuidado mi piel, casi de forma maternal, para luego deslizar una aguja e insertarla dentro de la vena; enseguida, quitó el torniquete y conectó el tubo del suero con analgésicos, con la intención de calmar el ardor de mi vientre, que, a esas horas, pasada la medianoche, iba en aumento.
De la salita de curaciones fui llevada a un pasillo donde otros afligidos como yo, con rostros pálidos, miradas perdidas y ánimos a medio rendirse, aguardaban mientras compartían la espera y la duda. Algunos volverían a casa; otros irían a una cama del mismo centro médico para quedarse durante días o para nunca salir. Yo fui de las afortunadas, al menos en ese momento. El lento goteo de la sustancia al entrar a mi cuerpo hacía más larga la demora, como si el tiempo se hubiera dilatado para prolongar esa situación. Por fin, el líquido comenzó a brindar alivio y, con ello, los síntomas empezaron a ceder. Sentí cómo el cuerpo se sosegaba al avance de cada gota, mas ese bienestar fue tan breve como engañoso: apenas concluyó la aplicación, el dolor regresó con la misma intensidad, como si hubiera estado esperando agazapado. Dado el diagnóstico, esto parecía «normal». Colelitiasis, mejor conocida como piedras biliares, fue el resultado de las tardadas pruebas de laboratorio. Un mal común, sí… pero incluso quien lo ha vivido no sabe que su banalidad es solo apariencia. Dado que extirpar la vesícula biliar mediante una sencilla intervención quirúrgica es el único tratamiento existente, de inmediato el doctor —consciente de la urgencia del caso y de lo difícil que es avanzar en un sistema lleno de burocracia— a hurtadillas me extendió un pase directo para la consulta con la cirujana. Fue un gesto muy noble de su parte, casi clandestino, pues, al ser esta una institución pública, el reglamento implica una serie de formalismos que hacen más lento y desgastante el proceso para llegar al área de los médicos especialistas. Sabía que sin eso el camino sería lento, largo y tedioso.
Dos semanas más tarde, por fin me encontraba con la médica correspondiente: «Doctora Patricia Monreal», decía una placa en su escritorio. Me recibió sin sonrisas ni calidez, como si su bata blanca fuera un escudo y yo, una más en la fila. Al tener mi expediente en sus manos, no hubo necesidad de tantas preguntas. ¡Y qué bueno! Con esa expresión tan fría, estoy segura de que mis respuestas no habrían sido tan precisas. Por fortuna, no siempre la primera impresión es la que cuenta. Nunca imaginé que detrás de esa mirada con la que invitaba a dar media vuelta y salir corriendo, se escondía un ángel maravilloso, tocado por Dios.
Tras escribir, escribir y pergeñar no sé qué tanto, me explicó a detalle las causas y complicaciones de dicho padecimiento, así como el protocolo a seguir para la cirugía. Pese a mi falta de concentración, me quedó claro que la vesícula biliar es un órgano ubicado debajo del hígado. Su función es almacenar bilis, que el cuerpo utiliza para digerir las grasas en el intestino delgado; además, es sabido que dicho líquido se conforma de sustancias químicas donde se disuelve el colesterol que segrega el hígado. Si este órgano produce más de lo que la bilis puede disolver, el excedente puede transformarse en cristales y, más tarde, en piedras.
—¿Tienes alguna duda? —preguntó con voz imponente, ¡como si su sola presencia no fuera suficiente!
«Solo una: ¿por qué no sonríe?», quise contestar; pero, obviamente, la pregunta se quedó en mi pensamiento sin intención de salir, atrapada en el silencio incómodo de una mirada que ya decía demasiado.
—No, ninguna —alcancé a decir, sin siquiera agregar un gracias.
Entonces me entregó una serie de documentos con recomendaciones, nombres raros de medicamentos y la orden para los estudios preoperatorios: exámenes de orina y de sangre (conteo sanguíneo completo, electrolitos y pruebas renales), radiografía de tórax, electrocardiograma y ultrasonido de la vesícula. En ese momento entendí qué era lo que tanto escribía.
—Te veo en dos meses. Si la evaluación previa sale como espero, agendamos la operación —concluyó en seco.
Y así fue como, en un abrir y cerrar de ojos, el día llegó; y otra vez estaba ahí, frente a esa implacable mirada. Los análisis ya realizados indicaron «negativo»; así que, con todo en orden, la doctora no dudó en fijar una fecha: el once de mayo, un par de meses más.
Me dio un listado de indicaciones previas, con especial énfasis en el ayuno preoperatorio de ocho horas; asimismo, explicó la técnica que utilizaría en este tipo de intervención.
—Para extirpar la vesícula biliar, la forma más común —dijo— es a través de una laparoscopía. El riesgo es mínimo y se realiza bajo anestesia general, sin dolor. Es necesario bombear gas dentro del abdomen para expandir el espacio intraabdominal, lo que me permitirá ver mejor y maniobrar con mayor libertad. En menos de tres semanas estarás como nueva y, por supuesto, esto implica algunos cuidados posteriores —afirmó con tal seguridad, como si volver a la rutina fuera un camino garantizado. Y yo le creí.
Y con esa promesa, regresé de golpe a aquella cama, a aquel dolor, a aquella incertidumbre. Una laparoscopía… laparoscopía… laparoscopía… resonaba con insistencia en mi pensamiento, como un eco que rebotaba contra las paredes de mi mente. Por fin tenía claro dónde me encontraba, mas todo parecía indicar que continuaba en el rincón de los olvidados. Al menos ya sabía que la primera pieza de tan confuso rompecabezas estaba puesta, aunque seguía sin encontrar la relación entre la laparoscopía y esa sensación insoportable en mi garganta, que seguía matándome y que, en lugar de traerme claridad, abría espacio a otra serie de preguntas: ¿Por qué el malestar se incrustó en la garganta y no en el vientre? ¿Por qué tanto silencio? ¿Por qué esta sensación de estar en un cuerpo ajeno? ¿Acaso algunas partes siguen dormidas y otras…, en llamas? Además, me angustiaba sobremanera no distinguir presencia alguna a mi alrededor que viniera a verme y, mucho menos, a ayudarme. El vacío era tan grande que me sentí abandonada también por toda la corte celestial, como si mi existencia careciera de significado. Extrañaba a mi familia con una urgencia que calaba hasta los huesos. Me aferraba a la remembranza de ellos, como si fuera la única cuerda que me sostuviese. Mi gente no podía fallarme. «¡Por favor, que alguien me explique lo que está ocurriendo!», gritaba en mi interior, y solo me respondía el silencio. Dado que el mundo se mantenía en pausa y nadie atendía mi llamado, sin reprimir las lágrimas me sumergí una vez más en el laberinto de mis recuerdos.
De pronto, algo retumbó dentro de mí: «¡Dios mío! La gomita que me comí. Mi hija me lo advirtió». Y con esta revelación, el miedo se vio rebasado por algo peor… una culpa tan grande que me oprimió el pecho más que cualquier sufrimiento físico. Olvidé una de las recomendaciones más importantes previas a la cirugía, aun con el entendido de que esto podría marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Borrar de la memoria aspectos relevantes es mi peor defecto. ¡Qué ironía: recordé que todo se me olvida!
También recordé que esa mañana me desperté con un optimismo poco común, en un estado de aparente equilibrio y lista para hacer frente al nuevo día. Lejos estaba de imaginar lo que, en unas horas, el destino me tenía preparado. El despertador marcaba las seis y media cuando me dispuse a desayunar, pues sabía que no probaría más bocado hasta la mañana siguiente, cuando regresara a casa. Debía cumplir con las ocho horas reglamentarias de ayuno; así que, con toda tranquilidad, consumí lo habitual, me di un baño y puse la recámara en perfecto orden para tener un descanso tranquilo a mi regreso. Todo marchaba en santa paz; sin embargo, con el paso del tiempo, comencé a sentir mariposas en el vientre… no de esas que brincan y bailan cuando se está enamorado, sino de aquellas que se habían cansado de estar ahí y pedían ser liberadas. El silencio de mi habitación solo amplificaba mis pensamientos, y la incertidumbre empezó a dibujar sombras en mi ánimo. Por fortuna, llegó Jesús. Conversamos un poco, hicimos una oración y me dio algunas recomendaciones con esa actitud firme, casi autoritaria, pero llena del cariño que bien le reconozco.
Dejamos que el reloj siguiera su curso y, antes de irse, me dejó su bendición acompañada de un beso en la frente, con la promesa de vernos en la noche, cuando llegara la hora de visitas y ya estuviera en la cama correspondiente. En tanto, aguardaría en la sala de espera por si se ofrecía algo. En otro momento habría dudado, porque la paciencia no siempre ha sido su fuerte; esta vez, en cambio, tenía la certeza de sus buenas intenciones. Antes de que se marchara, le agradecí el apoyo.
Al quedar nuevamente sola, el silencio volvió y los minutos empezaron a alargarse; la casa se tornó inmensa y los nervios hicieron de las suyas. ¿Y qué mejor remedio que un dulce para calmar tan profunda zozobra? Recordé el regalo que había recibido la tarde anterior con motivo del Día de las Madres: una cajita de madera en forma de corazón y, dentro, una bolsa de gomitas acomodadas con amor, acompañada de la leyenda «Te amo, mamá». Entonces, con el mismo placer con que las recibí, sin prisa ni remordimiento, me llevé dos a la boca.
Y después, acompañada de mi hija, quien minutos antes pasó por mí, salí rumbo al hospital.
—¡Ay, mija! Tengo mucha sed —me quejé mientras avanzábamos.
Ella giró levemente la cabeza y, sin apartar la vista del camino, respondió sin perder su tono directo de siempre:
—Ni se te ocurra, ma. Recuerda que la doctora dijo que nada de líquidos ni de alimentos.
Y fue en ese preciso instante cuando el recuerdo me azotó como una seca bofetada: «¡La gomita!…», exclamé para mis adentros, sintiendo cómo la sangre se me helaba en el cuerpo. Ese pequeño acto sin importancia aparente cobraba de pronto una dimensión monstruosa: «¿Qué hice? ¿Cómo pude olvidarlo?» Pasaron unos minutos sin hablar. Al interior de la camioneta el aire se volvió más denso, y yo, llena de temor, pero intentando sonar casual, pregunté:
—¿Y qué sucede si llegara a probar tan siquiera un dulcecito?
—Te puedes morir por una broncoaspiración —me contestó muy tranquila, sin reparar en que mi estado de ánimo acababa de dar un giro. Mientras afloraba esa pizca de inocencia que aún conserva, no advirtió lo que esa frase acababa de provocar en mí.
Me parece que fue ahí donde comenzó mi viacrucis. La miré con escepticismo, como si fuese una teoría rara que ella acabara de inventar, mientras una oleada de ansiedad se apoderaba de mí.
—¿En serio? —contesté, esperando que con un «Bueno, no es para tanto» se retractara o suavizara lo dicho. No fue así.
—Sí, en serio —respondió sin inmutarse—. Si el dulce obstruye las vías respiratorias, puedes asfixiarte.
Sentí un hueco en el pecho, como una punzada sin nombre.
—Por fortuna no es mi caso —mentí—, y así, fingiendo indiferencia, concluí el tema.
Las escenas del exterior pasaron sin dejar huella. No reparé en los árboles, los autos ni los semáforos. Todo se desdibujó. Solo escuchaba el eco de sus palabras rebotando en mí, como un péndulo amenazante. Y en tanto, calladamente, intentaba asimilar el peso real de una «simple gomita».


